Borrosas huellas borgeanas

Hoy, 14 de junio, a los argentinos ‘se nos hace cuento’ que un día como hoy pero de 1986 moría en Ginebra Jorge Luis Borges. Mares de tinta se han escrito sobre la vida y obra del padre de Fervor de Buenos Aires.

Sin embargo, un antojadizo recorrido por un arbitrario circuito borgeano podría llevarnos a la conclusión inequívoca de que por un «descuido» imperdonable de la ciudad, se están borrando las huellas del escritor. Su andar pausado contrastó con su destino errabundo. Tal vez su pluma y ese característico vuelo literario le hayan concedido a préstamo un ingrávido alma de pájaro. Sin embargo, a pesar de las mudanzas y sus largas estadías en Europa, gran parte de su vida convivió con su madre en un modesto departamento de la calle Maipú, cerquita de la Plaza San Martín, como si buscara anidarse entre viaje y viaje. Y a mí se me hace cuento que ya pasaron 35 años desde que Borges se fue con una valija colmada de cuentos y ensayos. Fui tras sus  pasos. Me embarqué en la aventura de buscar las casas en las que vivió. Empecé por el principio y todo fue decepción. Ya no existía la casa con patio y aljibe de Tucumán 838 en la cual nació en el barrio porteño de San Nicolás. Ni casa, ni patio, ni aljibe. Solamente en las baldosas del frente confirmé el dato con un reconocimiento que la Legislatura porteña colocó hace apenas dos años citando que allí nació el gran escritor argentino. Me costó leer el mármol porque estaba bastante partido. Exactamente nueve rajaduras debajo de una cita de Borges: «Cualquier destino por largo y complicado que sea, consta en realidad de un sólo momento, el momento en que el hombre sabe para siempre quién es«. Sin escalas y aún pensando que podía ser sólo un traspié, me fui directo al edificio de Retiro. Sólo divisé en el frente los agujeros donde estuvieron los tornillos de una placa recordatoria que los amigos de lo ajeno habían robado. Incluso debí adivinar que era allí donde vivió con su madre en el sexto piso ya que también se habían robado el cartel con la numeración.

Me fui al barrio de la Recoleta a buscar dos lugares claves de la calle Quintana. En el 222 vivió poco tiempo en la década del 20 y a unas cuadras de diferencia, cerca de La Biela, una puerta y una placa recuerdan que allí nació el autor ficticio Bustos Domecq, en realidad, el pseudónimo que usaron Borges y Bioy Casares para sus relatos detectivescos.

Me animó un poco el hecho de saber que estaba a salvo algo del mas célebre escritor argentino pero la emoción se evaporó cuando llegué a Bulnes al 2200 y a Av. Belgrano 1377. Ni una huella, Ni un rastro. La gente del barrio a la que consulté tanto en un barrio como en el otro no tenían ni idea del ilustre vecino que supieron tener.

Pero lo peor, me pasó en Palermo. Allí me topé con el paradigma del absurdo. Había desaparecido la calle donde vivió Borges en los primeros años del 1900 pues en el afán de homenajearlo algún iluminado de traje y corbata rebautizó como «Borges» a la calle «Serrano». El cambio de nombre fue tan dañino para el barrio como para la literatura.

Uno puede admitir que Palermo se haya subdividido en Viejo, Hollywood, Queen, Chico y Soho por cuestiones comerciales pero que hayan borrado de un plumazo el lugar en la cual Borges situó la «fundación mítica de Buenos Aires» es execrable, es imperdonable. Casi tan profano como dejar a Blancanieves sin su beso o querer reescribir Caperucita.

A veces es mas saludable no hacer nada antes que aprobar proyectos trasnochados. Ahora a Serrano se la ha comido el lobo feroz y la narración de Borges es un sinsentido. Paradójicamente, la obra de un escritor obsesionado con la eternidad no tiene representación en la realidad. Fue mutilada.

Así las cosas, cabe preguntarse sobre la escasa valoración que le damos al patrimonio. Y hablo tanto de Borges como de sus casas.

 

Fuente: Perfil

* Mariela Blanco. Periodista. Autora del libro «Leyendas de ladrillos y adoquines». I: @marielablancoperiodista / T: @marielablanco26.

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