«Democracia», una crónica de Miguel Rep

Jorge y yo nos adelantamos hasta la esquina de Av. de Mayo y Bernardo de Irigoyen. Yo miraba el piso, el macadam ultrajado por las zapatillas y zapatos de la Nueva Era. Y las palomas, como siempre, no entendían nada. Esta era una multitud distinta, esperanzada, tras una década de movilizaciones crispadas. Mi hermano medio que se subió al verdoso cerco del subte y sacudió mi vista extemporánea hacia tantos piés con un -¡ahí vienen!

Aceleramos hacia Plaza de Mayo, la caravana era lenta pero no había que confiarse. Mucha gente ya estaba esperando allá. A la altura de la Catedral ya vimos el descapotable. Le llovían papelitos, y ovaciones correligionarias.

Apuramos el paso, yo iba adelante y miraba a cada rato hacia mi hermano, que me seguía entre la densidad humana cada metro más densa.

A los codazos, y ya tomados de la mano, avanzamos hacia la Casa de Gobierno, dentro de la cual convivían ya los infectos verdes con los recién venidos grises.

Pensar que esta plaza, hace un año y ocho meses estaba llena de muchos de los que hoy están ahí, victoreando en esa ocasión una altivez de pacotilla, y un año y medio antes se llenó de gentes rabiosas que habían aplaudido la tragedia, y ahora se darían cuenta del último cheque en blanco que habían entregado, los imbéciles estafados.

Hoy volvían a llenar la Plaza , muchos de ellos. Se persignaban frente a la Catedral , rebillikenizaban el Cabildo, y renovaban su fe en el mastodonte rosado.

La cuestión era que nosotros dos, virginales, el pelo mojado, la mirada límpida, estábamos ahí, casi en las escalinatas que dan a Rivadavia.

Y allá llega el auto, y los custodios contienen un vacío para que baje el flamante Presidente.

Cada uno defiende como puede su posición para ver a Alfonsín de cerca. Es un diciembre histórico, amerita ser un chusma, llevamos los ojos como cámaras fotográficas.

Apretujados, ya nos lleva la marea. ¿Dónde nos metimos?

Alfonsín pasa con su pelo demasiado oscuro, su bigote seguramente perfumado, y todos lo quieren tocar. Él, seguido de su mujer y el vicepresidente, ya pisan la escalinata.

Jorge y yo ya no tenemos los piés sobre las baldosas. La marea nos está subiendo.

A dos espaldas de nosotros está el flamante presidente, es decir, tres escalones màs arriba. Ahí va Alfonsín, hacia su hora mas feliz.

Y la veo, y me sorprenderá recordarla así, a la primera dama. Fijo mi vista en su sombrero, en su aspecto. Es una dama antigua, atrasa 40 años. No me sorprenderá tanto Victor Martínez, su aspecto grisáceo-castrense, que traerá tantas sospechas. Ni, más allá, esperando en la puerta, a un desdibujado representante de los genocidas en retirada, Bignone, que no ve la hora de entregar el bastón. Es esa señora, cuya imagen guardaré, y me servirá años después para diseñar la reaccionaria María Lorenza de Los Alfonsín, en la revista Humor.

Y vamos, increíblemente nosotros, entrando a la Casa Rosada en la mejor hora, colados sin quererlo, hasta la calma del Patio de las Palmeras, y ahí nos frenan, y nos guian hacia la entrada de Balcarce, la de los granaderos, la grande, por donde vemos, como una escenografía teatral, con luces que iluminan a todos los actores, a la gran masa del pueblo, y nosotros, dos de los primeros colados de la Democracia. Nos miramos, pícaros, y salimos corriendo, saludando a todos, dos hermanitos que entraron por el ano del edificio y salieron por la boca de la Historia.

(Y le pedí a mi hermano Jorge Repiso Tannure que narrara la misma anécdota, sin haber leído la mía – Èsto escribió:)

Ilustracin Miguel Rep

Ilustración: Miguel Rep

Día límpido, inolvidable para mí. Recién salido de la conscripción y con semejante panorama. Salí con Miguel desde nuestra casa en los suburbios y terminamos en la plaza frente al Congreso. El nuevo presidente se dirigía al pueblo después de su jura.

Algo pasó, y salimos caminando por la vereda par de Avenida de Mayo rumbo a Plaza de Mayo. Papelitos, fiesta en las caras, mi hermano con los dos dedos en V al aire. La plaza estaba como siempre, llena, sonaban los parlantes entre la multitud, y en Balcarce 50, unas verjas desde donde podían verse de a pie al presidente del Perú y a Elva Roulet. Recuerdo todo como impregnado de sol. Pantalones verdes, zapatillas blancas, y un libro en la mochila.

Dale, vamos! me dijo el compañero de aventuras, y fuimos avanzando de a poco, hacia la explanada. Mientras conseguíamos hacer tres pasos, Alfonsín y esposa a bordo del descapotable devoraban metros por la avenida a contramano. Subimos las escaleras, éramos miles. Logré colocarme a la par de un granadero que por momentos perdía su vertical. Nunca sabré cómo ocurrió.

Alfonsín se acercaba, patovicas de traje barato a los gritos y papeles flotando en el aire. El horizonte eran puras cabezas y boinas. El presidente, todavía con pelo negro, se esforzaba por subir las escalinatas, traspuso el alero de ingreso y detrás de él, todo el mundo.

No sé si empujamos o fue la gente la que nos impulsó.  Tumbamos al guardia de honor, ingresando a dos pasos detrás del personaje que entraría a la historia. Los dos, y tantos más, caminando al mismo ritmo por el Salón de los Bustos. Podríamos haberle tocado el hombro, pero preferimos ingresar en su misma cadencia.

Lo vimos ir, junto a su mujer. Mi última visión es la capelina de la primera dama. Alguien nos retuvo, pero nos trató bien. Fueron diez minutos en una sala que tenía ventanales con vista a la multitud. Sonamos, me dije, ahora en cana.

Pero no, era un día perfecto. Todos se trataban bien. Como si durante esa jornada no hubiera nada en el país que pudiera empañar la expectativa.

Nos invitaron a salir, y pasillo a derecha e izquierda, nos encontramos de cara a miles y miles que miraban hacia un balcón que muchos, legítimamente o no, utilizaron antes.

Me sentí parte de la historia, espero que alguien haya fotografiado a esos dos jóvenes desaliñados, con cara de cumpleaños.

Nos volvimos a casa en el 91, más tarde. Como dije antes, llevábamos un libro sobre la guerra de las Malvinas. Se imponía una revisión de todo lo padecido.

 

Fuente: Telam

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